“Siempre serás un peón negro”

“Siempre serás un peón negro”. Fueron posiblemente las pocas palabras que acerté a escuchar entre abrazos y despedidas. Estaba abrumado, al borde de la emoción, y sin saber muy bien cómo corresponder a tantas muestras de afecto ni a los detalles con los que la familia de Peón Negro me obsequió en mi -de momento- último día en el club. Pero esas palabras de Sergio Vela sí que resonaron en mi cabeza. Quizá porque estuve a punto de pronunciarlas yo o quizá porque eran las que mejor resumían los sentimientos que se me acumulaban antes de decir adiós.

Porque Peón Negro ha sido una segunda casa para mí en los poco más de dos años que he pasado en Barcelona. De hecho, cuando he podido, ha habido épocas en las que casi pasé más tardes en el club que en mi piso. Buenos momentos siempre. Con el ajedrez como excusa, he conocido gente increíble; algunos, amigos para toda la vida. He disfrutado y me he motivado como nunca lo había estado antes por el deporte-ciencia. Y precisamente por el buen ambiente y la implicación que he llegado a tener en el club, me he sentido orgulloso cada vez que me tocaba enfundarme el polo de Peón Negro para jugar una competición por equipos.

Dos años dan para muchas partidas y no menos anécdotas. No quiero aburriros con mis batallitas por aquí. Ya repasamos algunas el otro día, después del último torneo, con unas cervezas y unos perritos en la mesa. Pero lo resumiré diciendo que una de las mejores decisiones que tomé al llegar a Barcelona fue buscar clubes de ajedrez cerca de mi trabajo -en la estación de Sants- y, sin duda, el mayor golpe de suerte fue acabar cruzando la puerta de Peón Negro. Para que esto no parezca un diario, intentaré contaros, como si fuese una partida de ajedrez, cómo he vivido mi etapa como socio del club.

La jugué como me gusta: ambicioso en la apertura, aunque pronto lejos de los cauces más teóricos. En Comtes de Bel-loc descubrí a jugadores durísimos. Me apasionaba ir y recibir una clase tras otra en forma de rápidas. Unas veces por cuenta del maestro Luna, otras de Humberto, de José López, de Julián, de Felipe… Apenas habíamos trabado amistad. Todavía no nos habían unido esos primeros cafés, previo madrugón, para afrontar un viaje en la Liga por equipos. Pero a mí me encantaba acudir al club a aprender, siempre ilusionado con ganarles de vez en cuando. Y, aunque no siempre era posible, puedo decir que en mi particular partida acabé con una posición más que digna.

Se presentaba un mediojuego divertidísimo. De ataque por ambos flancos: en uno, seguía aprendiendo, por ejemplo, en las clases del MI Panelo; en otro, pasaba grandes ratos con compañeros como Jorge, Marc, Albert o Ricard. Estratégicamente, me sentía cómodo. Apenas tres o cuatro meses después de llegar a una ciudad nueva, estaba como en casa. Los días y las semanas pasaban rápido entre el trabajo, el turismo y el ajedrez. Siempre el ajedrez. El club compensaba sobradamente esa pieza de menos que arrastraba en forma de morriña, la del que está a 1000 kilómetros de casa.

Y si la partida discurría por donde yo deseaba en el plano posicional, el inicio de las competiciones por equipos le dieron esa chispa táctica con la que debe contar cualquier contienda de mi agrado: esa mezcla única de esfuerzo individual y recompensa colectiva que es la Liga. Un torneo del que saqué lo mejor durante mi primera temporada como peón negro. Y por partida doble. Unos días me tocaba beneficiarme de ir a bordo de un trasatlántico, de paseo en los últimos tableros del equipo A, con el rumbo inalterable hacia el ascenso. Y otros domingos me tocaba defender el primer tablero de los conjuntos B o C. Dos formas de asumir la responsabilidad que ya a esas alturas suponía para mí defender los colores del club. Porque incluso cambiar de equipo cada semana acabó siendo un regalo por los compañeros con los que me tocó viajar o luchar en casa.

Los éxitos llegaron, el club crecía y todos nos sentíamos parte de los triunfos y de haber colocado a Peón Negro en el panorama ajedrecístico de Barcelona. Íbamos a tener que clavar aún más los codos ante el tablero para, por lo menos, mantener el nivel. Y ni por esas iba a ser posible suplir a Humberto ‘punto asegurado’ Hernández, ni a David ‘ese alfil es Dios’ Merayo. Aunque la marcha del Great Mexican es la mejor prueba de que la famosa frase de Sergio se cumple: “Siempre serás un peón negro”. Una buena forma de llamar a los amigos que he hecho en el club. Sé que desde México también echa de menos acudir a la sede, igual que yo lo echaré desde Madrid. Pero ahí sigue, en el grupo de Whatsapp, participando de los torneos online… Y aún instruyéndome en la distancia. Como en el club.

Sergio Vela se vistió de Monchi para renovar los primeros tableros y armar otro bloque competitivo de cara a la segunda temporada. Pero, sobre todo, para fichar buena gente -Martín, Pipe, Trigás, Louis, Adh…- como sólo él sabe hacer. Así se hace grande un club. A mí me tocó sufrir en la distancia -desde México, precisamente con Humberto- los devenires del Peón Negro en las primeras jornadas. Pero a la vuelta me encontré otros equipos como los que recordaba: entretenidos -posiblemente enganchados- con el blitz entresemana, y unidos y mentalizados con jugar un buen ajedrez que colocase a Peón Negro en la zona alta de las clasificaciones cada domingo.

Tenía mi particular partida donde quería, y puede decirse que entré en un final ventajoso tras lograr el ascenso a Primera del Peón Negro B, con una remontada nacida en la convicción de que era posible. El último gran triunfo del club al que, por el momento, podré contribuir a corto plazo. Por aquel entonces, el reloj ya acuciaba: ya sabía que me quedaban pocos torneos que disputar bajo las siglas de Peón Negro. Pero elegí bien para despedirme. Primero, con uno de esos movimientos que puedes permitirte cuando tienes la partida ganada. Por el mero hecho de disfrutar de la belleza del juego. Para mí, fue darme el gustazo de un último viaje con Luna, Stefan, Sergi Recacha, Jorge y Albert a Gerona, para echar un buen rato con ellos, pegarnos un homenaje a la hora de comer y, de paso, disputar la fase final de la Copa Catalana de rápidas.

Y, para rematar este partidón, de casi dos años y medio -aunque yo diría que una miniatura-, convertí uno de los mejores torneos del mundo, el Open de Sants, en mi particular final ganador. Horas y horas de ajedrez serio y tenso cada tarde, cada día, durante una semana y media. La experiencia más exigente que he vivido entre tableros; aunque mucho más llevadera gracias a los compañeros con los que me reunía cada jornada en las Cocheras y, en especial, a la contagiosa motivación con la que Martín me hizo preparar y acudir al torneo. Era un final que ya estaba técnicamente ganado, y que considero que rematé de la mejor forma. Con buen ajedrez -divertido al menos- y buena gente. Como han sido los dos años que me llevo de Barcelona gracias a Peón Negro.

Por eso me voy a Madrid siendo un peón negro más. Y por eso el jaque mate, pese a que creía la partida ganada, me lo acabé dejando, como tantas veces en el club; y me lo disteis a mí la noche del Masnou. Cosas de los apuros de tiempo, supongo. Así que sólo puedo daros la mano, las gracias por la partida y felicitaros por cómo la habéis jugado. No la olvidaré nunca, familia. Espero que os sirva este texto como mi firma en la planilla.

PD: No quiero olvidarme de nadie, pero es imposible hacer un recorrido relativamente ameno por estas dos temporadas y a la vez citaros a todos. Por ejemplo, repaso y veo que no he hablado de Marga o Elena (dos peonas negras de honor, incluso sin jugar), de dos grandes tipos y dos de esos ajedrecistas con los que se me han ido las horas muertas jugando blitz (¡fedéralos ya, Sergio!): Sergio Valero y Xavi. Como tampoco puedo olvidarme de Nacho y su eterna Londres o de Héctor y su Caro Kahn (otro gran fichaje por cerrar). Ni de los Recacha y su guasa, de Didac y sus 2000 puntos -¡llegarán, dale caña!-… Ni de Francisco ‘Fischer’ Domínguez, de Manuel Hernández o de Elena Casset (yo te doy también la idea para hacerle una oferta, Sergio, aunque creo que tiene cláusula de rescisión)… O de los campeones del futuro y casi del presente: Ezequiel, Arnau… ¡Cuando vuelva, espero que me deis como mínimo un mate de bienvenida!

PD 2: Ya me dijo Sergio que en Madrid hay otro peón negro, como yo, aunque MF. Así que llamaré a Vladimir cuando esté por allí y no descartéis sede madrileña del club 😉

PD 3 (insisto): Si me he dejado a alguien, entended que he tenido que meter muchas sensaciones en pocas (sí, creedme, han sido muy pocas) líneas. ¡GRACIAS OTRA VEZ A TODOS!

José Manuel Domínguez